miércoles, noviembre 08, 2006

Don Tinieblas I

Tenía días tratando de conseguir la entrevista hasta que por fin accedió. Quedamos de vernos en su casa, ubicada a las espaldas del aeripuerto capitalino, a eso del medio día. Encontré a Gonzálo, fotógrafo del diario en el que trabajaba, bajando por las escaleras del metro. Cuando llegamos nos recibió una muchacha, quien nos condujo hasta una sala al interior de la casa. Mientras mirábamos algunas fotografías en la sala, apareció de la nada, caminando a través de la estrecha puerta que de inmediato acentuaba su gran estatura; apareció con la máscara puesta, camisa y pantalón casual, portando un par de tenis. Fue así que conocí a Tinieblas. "Todo una leyenda", pensé mientras estrechaba su corpulenta mano y tomábamos asiento. Los motivos de la entrevista no estaban del todo claros, ya que la intención primordial era sacar algunas fotografías para sacar un especial sobre luchadores veteranos, en el que figuraba como la pieza central de la nota al continuar en los encordados a la edad de 67 años. Y contando. Sin embargo, no quise dejar pasar la oportunidad de platicar con él y preguntarle algunos detalles sobre su vida y sobre cómo veía a las nuevas generaciones de luchadores.
Una vez que encendí la grabadora y tomamos nuestras posiciones, comenzamos las preguntas acostumbradas. Su ronca voz fluía de forma natural, el señor era un conversador nato o una guacamaya como él mismo refería. Mientras empezaba a relatarnos las ideas centrales de su proyecto de despedida, programada para dentro de uno o dos años, una vez que hubiera completado una extensa gira nacional e internacional en diversos cuadriláteros de todo el orbe, me entretenía buscando algún rasgo que me proporcionara algún indicio de su fisonomía. La malla negra que cubría su rostro impedía conocer el mínimo detalle de su faz, a diferencia de otros gladiadores que usan máscara y que es posible verles la boca o los ojos. No veía nada a través de ese oscuro vacío, de no ser por el pequeño volumen que producía su nariz. Entendí el porqué del nombre.
"Nunca pensé en ser luchador", confesaba la leyenda del pancracio mientras detallaba la forma en que la lucha entró en su vida de repente, por mera casualidad y sin forzar nada. Todo se fue dando poco a poco, hasta que se le metió el "gusanito" de saltar a la arena y ser ovacionado por el público, adquirir una doble identidad similar a la de los superhéroes de las tiras cómicas de la época de oro. Empezó como doble de cineo encarnando a algunos monstruos como Frankenstein en algunas películas del Santo, luego de que, también por azahres del destino, fue reclutado por una productora independiente para participar en algunos filmes, gracias a sus imponentes condiciones físicas que de inmediato llamaban la atención de los realizadores.

jueves, noviembre 02, 2006

Humberto Ramírez

Sonó el celular y contesté todavía medio dormido. "Murió Humberto Ramírez", fue la primer frase que escuche en el día. Deduje todo lo demás. Me levante de la cama despacio, sin hacer ruido para no despertarla. Me puse el pantalón y la camisa a medio abrochar, con los zapatos en la mano para ponermelos al salir.
-¿A dónde vas a esta hora?- me preguntó con la voz ronca y con cierto enfado. No era la primera vez que discutíamos por cosas como esta.
-Humberto está muerto. Debo ir- contesté mientras ella abría los ojos llenos de sorpresa y se levantaba ligeramente hasta recargar su espalda en la pared.
Regresé y me despedí con un beso. Estaba desnuda, apenas cubierta por algunas sábanas iluminadas por los primeros rayos solares que penetraban a través del ventanal.
Salí con prisa, ya casi era hora del entierro y aún tenía que pasar a mi casa por algunas cosas antes de arribar a la funeraria. Mientras el autobús caminaba lenta y torpemente por calles llenas de autos inmóviles, no pude evitar pensar en Humberto. No lo conocí muy bien, pero aún así, siempre había despertado en mí, cierta admiración, a pesar de su alcoholismo, sus excesos y sus estupideces. Todavía corría por el barrio aquella anécdota de cuando lo tuvieron que sacar de un congal minutos antes de que empezara la función. Estaba inconciente, ahogado ron, recostado sobre uno de los sillones que aún olían a sexo. Tuvieron que ponerle hielo en los testículos y darle una taza de café para revivirlo. Lo lanzaron al escenario sin que supiera que demonios pasaba. Y aún así, tocó como si todo hubiera sido parte del plan, como si fuera la última vez que pisaba un escenario con una guitarra bajo el brazo, la voz hecha pedazos, resquebrajándose en melancólicas melodías que inevitablemente penetraban hasta el interior de cada uno de los asistentes. Ahora estaba muerto.
Cuando llegué a la funeraria estaba irreconocible. Era otra persona en comparación a la última vez que lo vi. Ahí estaba, frío, rígido, callado, delimitado por la placa de cristal que se impedía el contacto físico con sus restos.
-Pocos como él- pensé mientras observaba las personas que desfilaban en silencio a través de los largos pasillos de la funeraria para darle una última despedida. No había mucha gente, sólo algunos familiares y amigos de antaño, cuando las interminables giras por centro y sudamérica eran épicas travesías, llenas de aventuras, amores y recuerdos que se acrecentaban en cada parada.
A un costado del féretro yacía una fotografía en blanco y negro junto a una veladora y algunos arreglos florales. Hubiera querido que lo enterraran con su guitarra, aquel viejo pedazo de madera con cuerdas que se había perdido en alguno de sus excesos.
Si había empezado a tocar la guitarra había sido por él. Aún recuerdo la primera vez que lo vi tocar de noche, a las afueras de un bar. Estaba sentado en el piso, con la luz de neón pegándole de lleno en la cara mientras ejecutaba con una maestría asombrosa lascivos acordes que llenaban el espacio y cortaban la carne como si se tratara de un carnívoro cuchillo o algún poema de Hernández. Tocaba movido por la inercia, tocaba para mitigar el dolor acumulado por tantos años que terminó por matarlo una noche gris de otoño. Apenas podía sostenerse. Era como si se aferrara únicamente a su guitarra. No tenía nada más a que aferrarse.
Quien lo conoció bien, cuenta que incluso ahora era mejor músico que antes, a pesar de estar medio loco y medio enfermo. Era como si su alma se hubiera despojado de todo peso y quedara ahí, expuest, desnuda y sensible a todo. La fluidez de sus dedos deleitaba a los transehuntes que se detenían en ese vaivén hipnótico y provocativo que deleitaba el alma, cantando tristezas con al voz aguardientosa, áspera y titubeante.
Lo había tenido todo y lo perdió todo. Asi nada más. Cuando supo que su esposa esperaba un hijo de otro fue el final. Era el pretexto idóneo para materializar un plan absurdo y autodestructivo que tenía en mente desde hacía años. Se bebió todo lo que tenía, incluída la dignidad. Intentó morirse varias veces pero no lo consiguió. No tenía la sangre tan fría como para atreverse a hacerlo.
Ahí estaba yo, recordando la vida de aquel hombre a quien apenas conocía y que había significado tanto para mí. Tomé mis cosas y me marche a una de las cantinas que frecuentaba para que alguien pudiera contarme su historia mientras curaba mi ansiedad con un vacío vaso de rony seis cuerdas que lloraran su muerte.

viernes, octubre 20, 2006

Tepozteco

Desperté a las doce y pensé que ya era demasiado tarde para emprender el viaje. De pronto, las imagenes de mi mismo frente a la computadora y viendo la tele me llenaron de tedio e hicieron que de un salto me levantara de la cama, acomodara la colcha, echara algunas cosas a la maleta y saliera de casa. Mientras atravesaba la ciudad montado en el autobus, empezó la incertidumbre. No sabía exactamente a dónde iba, solo sabía que desde hacía un rato tenía la idea de visitar Tepoztlan y nunca había podido.
Llegué a la central camionera y compré un boleto. Una vez arriba del autobus, pretendía dormir un rato mientras nos dirigíamos a la carretera. Sin embargo, la película que pasaron en el autobús me mantuvo despierto todo el camino. Contaba la historia de dos alpinistas, basada en un hecho real, que milagrosamente sobrevivieron tras una fallida expedición a una de las cumbres andinas del Perú. El final del relato quedó pendiente porque tuve que tomar mis cosas y bajar en la terminal de Tepoztlán, para después, tomar un taxi que me llavara al centro de la aldea. Las primeras imagenes de aquel poblado custodiado por el imponente cerro del Tepozteco fueron sorprendentes. Parecía como si el tiempo hubiera quedado suspendido en aquel lugar, o quizá simplemente, el tiempo se había olvidado transitar por ahí desde hace quinientos años. Era una perfecta postal colonial que podría confundirse con la iliustración de algún libro de historia de no ser por algunos anuncios de Coca Cola y el paso de algunos coches a través de las empedradas calles. Las dos torres de la catedral despuntaban en el cielo seminublado mientras los mercaderes levantaban sus puestos, bañados por la cálida luz dorada del atardecer que se extendía por la plaza principal...

miércoles, octubre 18, 2006

SANTA MUERTE

Se encomienda a fuerzas del más allá

MANUEL HERNÁNDEZ
Con el riesgo que implica un deporte como la lucha libre, hombres de gran espiritualidad como Místico saben que nunca está de más una ayuda extra para salir sin heridas durante cada batalla, sobretodo, si la ayuda proviene de fuerzas sobrenaturales.
Luego de que RÉCORD publicara un pequeño adelanto de lo que será el comic del ‘Príncipe de Plata y Oro’, en donde aparece el gladiador en una de las viñetas encomendándose a la Vírgen de Guadalupe y a la Santa Muerte a la hora de ejecutar uno de sus acostumbrados y espectaculares lances desde la tercera cuerda, Místico reconoció ser un fiel creyente de ambas deidades.
“Soy creyente de la Santa Virgen y la Santa Muerte también”, comentó el enmascarado en entrevista vía telefónica cuando se le preguntó si en verdad profesaba dichas creencias o sólo era parte del guión de la historieta, la cual contiene algunos pasajes autobiográficos.
Asimismo, Místico negó la posibilidad de que la creencia en una deidad no reconocida por la iglesia católica pudiera afectar su imagen, debido a que se formó bajo la tutela de Fray Tormenta, quien durante algún tiempo tuvo que intercalar la lucha libre con su carrera como sacerdote católico para poder costear los costos de la casa hogar que dirigía.
“No creo, no tiene nada que ver una cosa con la otra”, contestó de manera seria el máximo ídolo de la lucha libre nacional, quien agregó no estar al tanto de los contenidos del material editorial, además de los planes de comercialización que rodean el nombre de Místico.
“No se que vaya a pasar con todo eso, hablé con los encargados hace tiempo, pero no me han dicho cuando sale ni nada. Más adelante sale la marca como tal, pero no sé hasta cuando”, apuntó.
Por su parte, Fray Tormenta expresó que respeta la diferencia en cuanto a credos con su protegido, aunque no tiene la misma opinión en cuanto a la creencia de la Santa Muerte.
“Yo respeto lo que Místico crea, pero no lo comparto. No estoy de acuerdo en darle culto a la Santa Muerte. ¿Todavía porque me va a llevar le voy a rendir culto? Para nada, yo le rindo culto a Dios, pero a la muerte no”, dijo Fray Tormenta, quien negó sentirse molesto por la diferencia ideológica con Místico.
“A mi me da igual, no es un pecado mortal ni mucho menos. El venerar o no venerar a la muerte es algo personal que no hay por qué escandalizarse, yo me escandalizaría si le rindiera culto al diablo, entonces sí. No es para pegar el grito al cielo”, finalizó.



Aún le falta
Fray Tormenta manifestó sentirse orgulloso de lo que su discípulo ha conseguido en tan poco tiempo dentro de la lucha libre nacional, aunque negó que actualmente, Místico pueda compararse con lo que hizo El Santo, ya que algunos conocedores empiezan a comparar el fenómeno del ‘Príncipe de Plata y Oro’ con lo que en su tiempo fue el ‘Enmascarado de Plata’.
“Yo siempre he dicho que tiene ese don de Dios para subir como la espuma, pero la gente es la que lo ha puesto ahí, pero como El Santo no, mis respetos para él, porque una leyenda se hace con el tiempo”, explicó Fray Tormenta, quien agregó que a pesar de estar aún lejos, Místico podría escalar hasta la cima de la lucha libre si mantiene los pies en la tierra.
“Si conserva la humildad y la sencillez, Místico podría llegar ahí”, dijo.
MANUEL HERNÁNDEZ




El Brujo Mayor explica la muerte

MANUEL HERNÁNDEZ
A pesar de que el culto a la muerte en México proviene desde los tiempos anteriores a la conquista, su significado ha sido distorsionado por algunos sectores sociales que la han satanizado, según explicó el profesor Antonio Vázquez Alba, mejor conocido como el Brujo Mayor.
“Es una creencia ancestral precolombina. Se adoraba a través de la señora del Mictlán, que vivía en el inframundo y era representada por una calavera. En aquel tiempo no era un culto demoníaco o terrorífica como hoy se trata de hacer. Al nacer, había que adorarla porque era quien nos cuidaba, quien otorgaba la vida hasta el último día y se le pedía que cuando llegara el momento, fuera un proceso tranquilo y sin dolor”, explicó el especialista, quien actualmente dirige una exposición dedicada a la Santa Muerte en el Museo Umbral, ubicado en la colonia Santa María la Ribera.
“Originalmente, el culto a la Santa Muerte no tiene nada que ver con ocultismo o creencias demoniacas, pero la iglesia católica se ha dedicado a desacreditarla, se le ha relacionado con el pecado con todo lo malo. Esta creencia es un culto totalmente libre, no pertenece a ninguna iglesia o algún orden sacerdotal”, comentó Don Antonio, a quien le fue conferido el título de Brujo Mayor durante una ceremonia tras la muerte de su antecesor.
Además, explicó que la muerte la gente suele relacionar la muerte con algo negativo, lo cual no es así, ya que es algo inevitable dentro de la existencia humana con lo que debemos aprender a convivir.
“A la Santa Muerte le gustan muchísimo las flores, el incienso, el vino y la música, es una Santa muy feliz, le gusta la fiesta. El drama está en que representa a la muerte y a todos los humanos nos causa un poco de miedo, pero es raro, porque es un fenómeno que nadie va a poder evadir. Se piensa que es algo malo porque es un esqueleto, pero así es la muerte que todos llevamos dentro. Casi todas las religiones nos han enseñado que la muerte es un drama y no es así”, finalizó.

miércoles, octubre 04, 2006

Aún muy lejos

-¡Miren cabrones, ahí está el otro lado!- exclamó el chofer de la camioneta mientras veíamos como una extensa, fría e interminable línea de lámina roja delimitaba simétricamente dos mundos opuestos, contrastantes, ajenos.
-Tan cerca y a la vez tan lejos- me decía a mi mismo mientras contemplaba los rostros de los compañeros, llenos de asombro y cansancio, con cierto aire de tristeza, luego del largo viaje que al parecer, llegaría pronto a su fin.
El ambiente en la parte posterior de la camioneta había cambiado rápidamente. Por fin habíamos llegado a la frontera, el trato con el pollero estaba arreglado y saldríamos por la mañana, o al menos eso era lo que nos había dicho en un principio.
-Ya no hay marcha atrás- pensaba mientras intentaba controlar las manos trémulas de miedo y el frío viento nos cortaba la cara al caer la noche. Estábamos ahí, desprotegidos y vulnerables en ese lejano punto perdido del mapa, en donde no había nada más que tierra y un muro de lámina.
-Tengo miedo- comentó Jorge, mi cuñado, quien apenas alcanzaba los veinte.
-Lo sé- respondí sin saber qué contestar. Después de todo, él fue el que quiso venir hasta aca. Hubiera preferido que se quedara con la Maria y la chiquita, pero lamentablemente ésta es la única forma de no morirnos de hambre. Si las cosas salen como nos contó el Pepe, y nos dan trabajo en la pizca de cebolla, o en cualquier otro lugar, quizá hasta podamos hacernos de una camioneta en un par de añitos.
Sólo podíamos soñar y alentarnos a nosotros mismos. Empezábamos a sentirnos solos, tan alejados de todo y de todos. Nos invadió una amarga nostalgia a pesar de que todavía no iniciábamos la partida. Sólo hasta ese momento comprendimos el riesgo que implicaba cruzar hacia los Estados Unidos, podían pasar muchas cosas en el camino, la gente muere todos los días en lugares comoe stos sin que nadie se entere. Podría ser el hambre, la sed, el cansancio o la migra en el mejor de los casos.
Algunas lágrimas brotaron de los ojos de la demás gente que se encontraba impaciente, nerviosa y con las piernas entumidas tras el largo y cansado trayecto de más de dos horas.
Por fin llegamos a una pequeña casa, ubicada en las afueras de Tijuana. Ahí descansaríamos durante algún tiempo, hasta que el pollero decidiera que era hora de partir. Así esuvimos un par de días, comiendo algunos sandwiches y tomando refrescos mientras pensábamos en nuestras familias. Éramos cerca de quince personas, entre las cuales había tres mujeres. Sin embargo nadie hablaba mucho, a pesar de que algunos como un tal Ramón, no dejaban de hablar. Había personas de todo el país, personas que dejaron todo con tal de cumplir con la meta, llegar allá en buenas condiciones y materializar el famosos sueño americano.
Permanecimos ahí, esperando ansiosos, intentando dormir en el suelo con algunas cobijas y chamarras que mitigaban el lascivo frío del norte.
-Es hora, nos vamos en la madrugada, por eso de las tres- comentó el pollero un par de días después de nuestra llegada.
Partimos en la noche. Estábamos cansados y mal dormidos, pero ni modo, teníamos que acoplarnos a las circunstancias. Pensé una vez más en la María y Lupita, la chiquita. Pensé en todos los días que había esperado este día y el miedo que sentía ahora que se hacía realidad.
Viajamos en camioneta hasta entrar a un camino de terracería, pero al llegar a un pronunciado cerro lleno de huizaches, tuvimos que seguir a pie.
El pollero nos había dado algunas instrucciones antes de iniciar la aventura. Nos dijo que a unos diez kilómetros estaría otra camioneta esperándonos.
Miré a Jorge, quien ahora estaba ahí, en medio del desierto, jugándose la vida y convirtiéndose en hombre.
-¿Listo Jorge?- pregunté mientras el muchacho asentía con loa cabeza.
Iniciamos la caminata con problemas. La cerrada noche nos impedía ver el camino por donde pisábamos. Teníamos que caminar a ciegas y en silencio, mientras el pollero revisaba la ruta buscando algunas luces que indicaran la presencia de la Border Patrol. Seguimos la travesía hasta el amanecer. Me parecía que habíamos caminado casi los diez kilómetros después de un par de horas, pero el miedo empezó a hacer que el corazón se agitara violentamente, como si quisiera escapar del pecho, cuando después de un largo trecho andado, el pollero comentó que aún no íbamos ni a la mitad.
El sol empezaba a caer con fuerza. Llevábamos algunas botellas de agua que poco a poco se fueron terminando mientras la boca se secaba con mayor rapidez. Una de las mujeres que iba con nosotros se quedó atrás. Algunos pidieron al pollero que esperara a la mujer pero no quiso, ya que según él esperarla significaría poner en riesgo la vida de los demás, mientras algunos otros se quedaban con ella intentando que la señora recobrara las fuerzas. Nunca volvimos a saber de ellos.
Al medio día, con casi nueve horas de camino, los zapatos empezaban a lastimar las plantas de los pies, producto de las ampollas. El sofocante calor empezaba a hacer estragos hasta que finalmente terminè por irme de frente contra el suelo debido a una ligera insolación. Jorge me levantó y me dio lo poco que aun le sobraba de agua. Sabíamos que detenernos, significarìa una muerte segura, ya que estábamos perdidos y en medio del desierto.
-Shhhhht... cállense, creo que oí algo- comentó el pollero, quien detuvo la marcha intempestivamente mientras revisaba el terreno.
Permanecimos inmóviles, quietos y atentos hasta que pasó la falsa alarma. Continuamos la larga caminata hasta que entrada la tarde, se alcanzaban a observar algunos edificios a lo lejos.
-Mira Francisco, Estados Unidos- sonrió mi cuñado al tiempo que me detuve para respirar un poco y descansar las piernas.
-Sí, por fin- contesté nada más para hacerlo sentir un poco mejor.
Nos escondimos atrás de unos huizaches llenos de espinas en donde el pollero nos prometió que volvería con la camioneta.
-No mames cabrón, tu nos prometiste que caminaríamos diez kilómetros y llevamos más de medio día y además de todo ¿piensas dejarnos aquí esperando mientras te largas por la camioneta?- repuso un sujeto robusto y moreno mientras manoteaba violentamente en contra del pollero.
Sin embargo, un disparo selló la conversación. Con la garganta seca, quedámos inmóviles, sorprendidos y aterrados. Era la migra. Cada uno saliò corriendo a toda velocidad a través del acidentado camino, mientras los patrulleros daban órdenes que nadie entendía por el altavoz.
Me arrojé contra algunos arbustos y piedras para esconderme hasta que pasara el peligro. Empecé a llorar cuando me percaté de que habia perdido al Jorge en la corretiza. Sonó otro disparo, acompañado de un violento grito de dolor. Miré a través de las ramas y alcanzé a observar un cuerpo inerte que rodaba cuesta abajo por la ladera hasta que finalmente quedó en el suelo, inerte, con un aire terriblemente fúnebre, triste, desolador, mientras un estrecho río carmesí recorría la pierna del sujet hasta desembocar en un pequeño charco de sangre. Me dieron ganas de gritar, de salir de ahí, de hacer algo pero el temor me lo impidió. Permanecí quieto varias horas después de que se marcharon los patrulleros. Solo me quedó un amargo y profundo sentimiento de soledad mientras permanecìa en medio de la nada, ahogado en remordimientos y culpas por no haber salido a buscar a Jorge.
Me duelen las piernas, pero no tengo remedio. Estoy sediento y exhausto, pero la noche se avecina y no tengo conozco el camino. Desde aquí, las barras y las estrellas aún se ven muy lejos.

viernes, septiembre 15, 2006

Un café, por favor

El sol de la tarde teñía de un cálido tono dorado la calle. El tiempo se estancó durante un rato, mientras me entretenía viendo a través de la ventana del restaurante, pensando, imaginando cosas.
-Un café, por favor- respondí mientras una mujer con un pequeño perro desfilaban frente a mi al otro lado de la calle.
Seguí esperando por la única razón de que no tenía mucho más que hacer. Ésa es la verdad. La demora ya era de casi media hora, y ni siquiera se había tomado la molestia de llamar por teléfono. Siempre ha sido así.
Tomé una servilleta de papel mientras traían la taza con café, saqué la pluma y empecé a dibujar algunso rostros que me venían a la cabeza mientras intentaba mitigar la espera. Era una tarde tranquila, casi desierta de nos er por elpaso accidental de algunos coches que se paseaban lentamente por el asfalto.
Arrojé un profundo suspiro de resignación mientras di el primer sorbo al café. Le faltaba azúcar. Pensé que este sería un buen momento para leer un libro, pero me había salido sin nada más que una pluma y la cartera. Miré las estáticas manecillas del reloj que descansaba sobre una de las paredes junto a la caja. Habían pasado solamente un par de minutos desde la última vez que lo vi.
En eso sonó el teléfono. Revisé el mensaje de texto que decía: "esperame ahí no tardo".
-Qué novedad- me dije a mi mismo mientras guardaba de nueva cuenta el teléfono en el pantalón. Por lo menos, significa que vendrá.
Comenzaba a desesperarme. Podía entender el retraso por el exeso de tráfico o por la toma de calles por parte de alguna manifestación, de esas tan comúnes por aquí. Pero no, era domingo, las calles estan vacías. Y yo aquí esperando sin ana más que hacer. Me resistí a darle el último trago, pero no se, sería la sed o quizá el fastidio lo que me hizo terminar el café.
Se acercó la mesera ofreciéndome algo más. "No gracias, espero a alguien", dije son cierto aire de abandono y esa risita estúpida que me sale cuano gana el nerviosismo.
La noche empezaba a aparecer y sólo tenía un mensaje de texto en el teléfono. Intenté marcarle por tercera, cuarta, quizá quinta vez, pero nada. Pensé que sería bueno marcharme de una vez, después de todo aún no había perdido la dignidad, bueno, aún no toda, pero después pense en el fastidio que me provocaba pasar horas en el cuarto, cambiando de canal sin ecnontrar nada una y otra vez. Rectifiqué mi postura, después de contemplar una vez más la tranquilidad que proporcionaba la afable noche que recién aparecía.
-Otro café, por favor.

lunes, septiembre 11, 2006

Despedida

Platicábamos seguido en un café. Cuando le dije que me gustaba, se sonrojó sin decir palabra alguna. Nos dimos el acostumbrado beso en la mejilla sin que nada más pasara. Esperaba alguna reacción buena, mala, qué se yo, pero no, no pasó absolutamente nada. Tomó sus libros sin prisa, intentando disfrazar solemnemente el embarazoso momento, argumentando su despedida con pretextos banales que no alcanzé a entender muy bien. Después de un rato, simplemente se desvaneció entre las estrechas calles del centro, impregnadas de un penetrante olor a nostalgia que recuerdo a la perfección. Permanecí sentado, desnudo y herido, con una extraña opresión en el pecho, producto de la vulnerabilidad ante el sufrimiento y la agonía que producen la soledad y los males de amores.
Nos encontramos por accidente un día cualquiera. Yo estaba revisando algunos libros en el cajón de ofertas sin que nada acaparara mi atención. La vi pasar por uno de los pasillos. Me acerqué con reserva para saludarla fingiendo sorpresa, haciéndome el desinteresado con la extraña intención de llamar su atención. Cuando pasé a través de la selección de poesía iberoamericana que descansaba alfabéticamente en los estantes por donde pasaba ella. Miré con detenimiento y vi que un sujeto la tomaba del brazo mientras la besaba furtivamente en algún rincón del local. Me hervía la sangre sin poder hacer nada. Anduve dando vueltas por la tienda si algún plan determinado, simplemente vagando mientras una avalancha de extraños pensamientos merodeaban mi cabeza. -No debí decirle que me gustaba- me decía a mi mismo mientras abría, volteaba y miraba algunas publicaciones de literatura contemporánea sin siquiera poner atención en lo que decían aquellas palabras que en ese momento me sonaban tan estériles, tan vacías.
Caminé sin remedio para recoger mis cosas en la entrada y marcharme. Nos topamos de imprevisto, viéndonos el uno al otro sin que nadie se atreviera a decir nada por temor al olvido o al rechazo. Finalmente rompimos el incómodo silencio. Platicamos durante un rato, de tonterías, cómo estás, cómo te ha ido, me da gusto, y cosas por el estilo que no van a ningún lado. Nos despedimos otra vez. El beso en la mejilla que extrañaba y que siempre me había dejado con ganas de más. Me froté las manos y di los primeros pasos hacia la calle. voltié y ahí estaba mirándome sin decir nada. El pecho me estallaba. Pensaba que esa era una extraña señal de las que acostumbran las mujeres para decir "no te vayas", pero recordé que nunca había sido buenos para interpretar esos complejos códigos femeninos y que quizá podía ser mi imaginación. De cualquier modo, di la vuelta. Me acerqué a ella y le dije que seguía enamorado de ella, que me disculpara (aunque no tenía de que disculparme), pero que así era. Empecé a hablar como idiota sin decir nada. Callé un momento y me miró fijamente. "Tu también me sigues gustando", me dijo con su dulce y suave voz. Me sentí aturdido, sin entender un carajo lo que acababa de suceder. Me pregunté porqué no lo había dicho cuando se lo pregunté la primera vez, porqué lo hacía ahora, momentos antes de besar a otro tipo. No entendí nada, pero el tiempo ya había pasado sin que alguno de los dos pudiéramos hacer algo. Habíamos cambiado, éramos otros, ella, yo, ambos. Pensé arrebatarle un beso, pero no me atreví, por miedo de perderla otra vez aunque estuviera conciente de que no habría nada más en el futuro. Acerqué mi cabeza a la suya y sus labios rozaron los míos sin que nada más pasara. Nos dimos cuenta de que sólo éramos un par de extraños sin nada que decirnos el uno al otro, y nos despedimos por última vez.

Onírica realidad

Desperté de un extraño sueño. Las paredes de la habitación parecían ser las mismas pero no podía evitar pensar la posibilidade de que siguiera dormido y estuviera soñando sin haber despertado. Miré a través de la ventana y no vi nada, la neblina ocultaba eficazmente la silueta de los edificios de alrededor. Sólo se percibían siluetas diambulando por la calle, sin rumbo, como extraviadas. Permanecí acostado boca arriba viendo el techo, escuchando un sutil ruidillo que provenía de afuera. Di la vuelta sobre el desgastado colchón y descubrí cierta humedad entre las sábanas. Palpe las piernas con mis manos, estaban secas, calientes. Me levanté y fui al baño. Al poner el pie en el suelo sentí una extraño mareo como si perdiera el equilibrio. Me paré frente al escusado y comencé a orinar sin que pudiera detenerme. Pasaron algunos minutos y no continuaba parado frente a la tasa sin parar de orinar. Volví a despertar en la cama, otra vez con esa extraña sensación de que algo raro estaba ocurriendo. Me paré con cierto temor al tener esa vaga certeza de que algo raro sucedía o que quizá, seguía dormido o perdiendo la razón. Entré al baño y vi a través del pequeño espejo postrado sobre el lavamanos. Miré con cautela, mordiéndome los labios de nerviosismo. Me acerqué y vi mi reflejo descompuesto en líneas curvas, quebrantadas por una compleja gama cromática que se convulsionaba ante la sorpresa de mis ojos. Corrí. Al poner un pie fuera de la habitación, caí por un profundo hoyo que no tenía principio ni fin. Regresé a la cama, al infinito y cíclico punto de partida. Me quedé inmóvil esperando que algo ocurriera, pero nada. Asustado, intenté prender el televisor, como esperando que me hiciera compañía y me ayudara a sobreponerme de la terrible angustia que ahora me invadía. Después de varios intentos sin respuesta alguna por fin prendió. Vi el rostro de un niño que nada decía, solo miraba atento cada uno de mis movimientos. Las rodillas empezaron a temblarme. El niño no se parecía a mí, pero era yo, lo sabía, no se cómo, simplemente lo sabía. Cerré los ojos y baje de la cama, pero me di cuenta de que ahora estaba caminando horizontalemente en una de las paredes de la habitación. Cuando éstuve conciente, intenté sostenerme a una de la pared, con las manos, pero resbalé sin remedio alguno. Volví a despertar, pero esta vez veía a través de mi pie izquierdo y no con los ojos. Me marié y asusté tanto que intenté gritar desesperadamente buscando auxilio pero no podía encontrar mi boca. Fue entonces cuando morí y volví a despertar. Aparecí de nuevo en la habitación. Intenté mantenerme dormido pero no pude, el miedo acabó con la tranquilidad que proporciona el sueño. Abrí los ojos para darme cuenta de que había muchos otros igual a mi dentro de la habitación, unos caminando, otros sentados, otros cantando, otros inmóviles, viendo el techo. Empezó a dolerme la cabeza. ¿Acaso había perdido la razón? No lo sé. Desperté de nuevo. Vi por a mi alrededor con cautela,a través de la ventana y no pasó nada. Me levanté para ir al baño y no pasó nada. Salí a la habitación y seguía sin pasar absolutamente nada, solo eramos yo y la soledad de un cuarto vacío. Esperé a que pasara algo, pero fue inútil. Pasó el tiempo, no se si fueron días, meses, quizá años sin que pasara nada. No se que ocurra la siguiente vez que despierte, pero me es imposible seguir así. Me volví viejo, olvidé la facultad de hablar, todo era pensamiento y todo me conducía al mismo lugar, al vacío, la sinrazón. ¿Qué es la realidad? ¿Es esto real? Intenté despejar mi cabeza y recordar mi vida antes de llegar a ese punto del tiempo y el espacio en el que todo se había perdido en la nada. Intenté recrear mi realidad pero era inútil, ya no existía otra cosa que yo y mi cabeza. La realidad se dislocaba proporcionalmente a la velocidad del pensamiento. Espero poder encontrar el sueño y despertar una vez más.

domingo, septiembre 03, 2006

Perú 77

Caminé dos cuadras, hasta llegar a la esquina de la avenida central buscando un taxi hasta que por fin, abordé uno.
-Quién sabe de dónde venga toda esa gente- preguntó el taxista mientras atravesábamos algunas calles de la Lagunilla para dar vuelta a Chapultepec.
-Vienen de las luchas. Hubo función en la Coliseo- respondí.
El taxista ahogó un suspiro mientras miraba la desolada calle con el semáforo en rojo y el cielo gris, amenazante.
-De haber sabido que los luchadores tendrían tanto éxito no me hubiera retirado- confesó con un sutil aire de nostalgia.
-¿Y... qué pasó?- pregunte con sorpresa ante la revelación.
Hubo un silencio profundo, incómodo. Eché un vistazo por la ventana mientras atravesábamos Eje Central.
-El alcohol- dijo solemnemente mientras agitaba la mano con el pulgar y el meñique extendidos simulando una botella.
-Sí, suele pasar- pensé.
Me contó sobre su suegro, o mejor dicho su ex suegro, y el tío de la que fue su mujer. También eran luchadores.
Empezó a revivir en su cabeza aquellos combates en las arenas semiprofesionales del centro, recordar aquellos personajes con los que alguna vez se topó en el camino, por causalidad o accidente.
Me contó de Orfeo II, su sobrenombre, y de cómo naufragó en su intento por conseguir alguna lucha importante mientras duró el sueño. Confesó que no le gustaban los nombres de los luchadores actuales, pero qué diablos, ahora tienen que usar nombres rimbombantes para atraer al público y no caer en convensionalismos fáciles.
-Es un riesgo ser luchador... pero también lo es manejar un taxi.
-Debe serlo- contesté con la voz baja, cómplice de la nostalgia del chofer mientras pensaba que usar máscara y maravillar al público debería ser más interesante que pasar horas atrapado en algún embotellamiento, de esos tan comúnes en ciudades caóticas como ésta. O por lo menos, debería ser más divertido.
En eso llegamos a las afueras del metro Sevilla. Bajé del taxi y pagué la tarifa que aparecía en el parquímetro sin reclamar por la vuelta de más que dimos al pasar por alto la salida a Chapultepec mientras se deleitaba platicándome de sus anécdotas y diambulando en aquel onírico viaje por el pasado, por los encordados.
-Gracias- me despedí con un poco de prisa, lamentándome no poder oir el final de la historia.
-Gracias a ti- respondió.