Caminé dos cuadras, hasta llegar a la esquina de la avenida central buscando un taxi hasta que por fin, abordé uno.
-Quién sabe de dónde venga toda esa gente- preguntó el taxista mientras atravesábamos algunas calles de la Lagunilla para dar vuelta a Chapultepec.
-Vienen de las luchas. Hubo función en la Coliseo- respondí.
El taxista ahogó un suspiro mientras miraba la desolada calle con el semáforo en rojo y el cielo gris, amenazante.
-De haber sabido que los luchadores tendrían tanto éxito no me hubiera retirado- confesó con un sutil aire de nostalgia.
-¿Y... qué pasó?- pregunte con sorpresa ante la revelación.
Hubo un silencio profundo, incómodo. Eché un vistazo por la ventana mientras atravesábamos Eje Central.
-El alcohol- dijo solemnemente mientras agitaba la mano con el pulgar y el meñique extendidos simulando una botella.
-Sí, suele pasar- pensé.
Me contó sobre su suegro, o mejor dicho su ex suegro, y el tío de la que fue su mujer. También eran luchadores.
Empezó a revivir en su cabeza aquellos combates en las arenas semiprofesionales del centro, recordar aquellos personajes con los que alguna vez se topó en el camino, por causalidad o accidente.
Me contó de Orfeo II, su sobrenombre, y de cómo naufragó en su intento por conseguir alguna lucha importante mientras duró el sueño. Confesó que no le gustaban los nombres de los luchadores actuales, pero qué diablos, ahora tienen que usar nombres rimbombantes para atraer al público y no caer en convensionalismos fáciles.
-Es un riesgo ser luchador... pero también lo es manejar un taxi.
-Debe serlo- contesté con la voz baja, cómplice de la nostalgia del chofer mientras pensaba que usar máscara y maravillar al público debería ser más interesante que pasar horas atrapado en algún embotellamiento, de esos tan comúnes en ciudades caóticas como ésta. O por lo menos, debería ser más divertido.
En eso llegamos a las afueras del metro Sevilla. Bajé del taxi y pagué la tarifa que aparecía en el parquímetro sin reclamar por la vuelta de más que dimos al pasar por alto la salida a Chapultepec mientras se deleitaba platicándome de sus anécdotas y diambulando en aquel onírico viaje por el pasado, por los encordados.
-Gracias- me despedí con un poco de prisa, lamentándome no poder oir el final de la historia.
-Gracias a ti- respondió.
domingo, septiembre 03, 2006
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