viernes, septiembre 15, 2006

Un café, por favor

El sol de la tarde teñía de un cálido tono dorado la calle. El tiempo se estancó durante un rato, mientras me entretenía viendo a través de la ventana del restaurante, pensando, imaginando cosas.
-Un café, por favor- respondí mientras una mujer con un pequeño perro desfilaban frente a mi al otro lado de la calle.
Seguí esperando por la única razón de que no tenía mucho más que hacer. Ésa es la verdad. La demora ya era de casi media hora, y ni siquiera se había tomado la molestia de llamar por teléfono. Siempre ha sido así.
Tomé una servilleta de papel mientras traían la taza con café, saqué la pluma y empecé a dibujar algunso rostros que me venían a la cabeza mientras intentaba mitigar la espera. Era una tarde tranquila, casi desierta de nos er por elpaso accidental de algunos coches que se paseaban lentamente por el asfalto.
Arrojé un profundo suspiro de resignación mientras di el primer sorbo al café. Le faltaba azúcar. Pensé que este sería un buen momento para leer un libro, pero me había salido sin nada más que una pluma y la cartera. Miré las estáticas manecillas del reloj que descansaba sobre una de las paredes junto a la caja. Habían pasado solamente un par de minutos desde la última vez que lo vi.
En eso sonó el teléfono. Revisé el mensaje de texto que decía: "esperame ahí no tardo".
-Qué novedad- me dije a mi mismo mientras guardaba de nueva cuenta el teléfono en el pantalón. Por lo menos, significa que vendrá.
Comenzaba a desesperarme. Podía entender el retraso por el exeso de tráfico o por la toma de calles por parte de alguna manifestación, de esas tan comúnes por aquí. Pero no, era domingo, las calles estan vacías. Y yo aquí esperando sin ana más que hacer. Me resistí a darle el último trago, pero no se, sería la sed o quizá el fastidio lo que me hizo terminar el café.
Se acercó la mesera ofreciéndome algo más. "No gracias, espero a alguien", dije son cierto aire de abandono y esa risita estúpida que me sale cuano gana el nerviosismo.
La noche empezaba a aparecer y sólo tenía un mensaje de texto en el teléfono. Intenté marcarle por tercera, cuarta, quizá quinta vez, pero nada. Pensé que sería bueno marcharme de una vez, después de todo aún no había perdido la dignidad, bueno, aún no toda, pero después pense en el fastidio que me provocaba pasar horas en el cuarto, cambiando de canal sin ecnontrar nada una y otra vez. Rectifiqué mi postura, después de contemplar una vez más la tranquilidad que proporcionaba la afable noche que recién aparecía.
-Otro café, por favor.

lunes, septiembre 11, 2006

Despedida

Platicábamos seguido en un café. Cuando le dije que me gustaba, se sonrojó sin decir palabra alguna. Nos dimos el acostumbrado beso en la mejilla sin que nada más pasara. Esperaba alguna reacción buena, mala, qué se yo, pero no, no pasó absolutamente nada. Tomó sus libros sin prisa, intentando disfrazar solemnemente el embarazoso momento, argumentando su despedida con pretextos banales que no alcanzé a entender muy bien. Después de un rato, simplemente se desvaneció entre las estrechas calles del centro, impregnadas de un penetrante olor a nostalgia que recuerdo a la perfección. Permanecí sentado, desnudo y herido, con una extraña opresión en el pecho, producto de la vulnerabilidad ante el sufrimiento y la agonía que producen la soledad y los males de amores.
Nos encontramos por accidente un día cualquiera. Yo estaba revisando algunos libros en el cajón de ofertas sin que nada acaparara mi atención. La vi pasar por uno de los pasillos. Me acerqué con reserva para saludarla fingiendo sorpresa, haciéndome el desinteresado con la extraña intención de llamar su atención. Cuando pasé a través de la selección de poesía iberoamericana que descansaba alfabéticamente en los estantes por donde pasaba ella. Miré con detenimiento y vi que un sujeto la tomaba del brazo mientras la besaba furtivamente en algún rincón del local. Me hervía la sangre sin poder hacer nada. Anduve dando vueltas por la tienda si algún plan determinado, simplemente vagando mientras una avalancha de extraños pensamientos merodeaban mi cabeza. -No debí decirle que me gustaba- me decía a mi mismo mientras abría, volteaba y miraba algunas publicaciones de literatura contemporánea sin siquiera poner atención en lo que decían aquellas palabras que en ese momento me sonaban tan estériles, tan vacías.
Caminé sin remedio para recoger mis cosas en la entrada y marcharme. Nos topamos de imprevisto, viéndonos el uno al otro sin que nadie se atreviera a decir nada por temor al olvido o al rechazo. Finalmente rompimos el incómodo silencio. Platicamos durante un rato, de tonterías, cómo estás, cómo te ha ido, me da gusto, y cosas por el estilo que no van a ningún lado. Nos despedimos otra vez. El beso en la mejilla que extrañaba y que siempre me había dejado con ganas de más. Me froté las manos y di los primeros pasos hacia la calle. voltié y ahí estaba mirándome sin decir nada. El pecho me estallaba. Pensaba que esa era una extraña señal de las que acostumbran las mujeres para decir "no te vayas", pero recordé que nunca había sido buenos para interpretar esos complejos códigos femeninos y que quizá podía ser mi imaginación. De cualquier modo, di la vuelta. Me acerqué a ella y le dije que seguía enamorado de ella, que me disculpara (aunque no tenía de que disculparme), pero que así era. Empecé a hablar como idiota sin decir nada. Callé un momento y me miró fijamente. "Tu también me sigues gustando", me dijo con su dulce y suave voz. Me sentí aturdido, sin entender un carajo lo que acababa de suceder. Me pregunté porqué no lo había dicho cuando se lo pregunté la primera vez, porqué lo hacía ahora, momentos antes de besar a otro tipo. No entendí nada, pero el tiempo ya había pasado sin que alguno de los dos pudiéramos hacer algo. Habíamos cambiado, éramos otros, ella, yo, ambos. Pensé arrebatarle un beso, pero no me atreví, por miedo de perderla otra vez aunque estuviera conciente de que no habría nada más en el futuro. Acerqué mi cabeza a la suya y sus labios rozaron los míos sin que nada más pasara. Nos dimos cuenta de que sólo éramos un par de extraños sin nada que decirnos el uno al otro, y nos despedimos por última vez.

Onírica realidad

Desperté de un extraño sueño. Las paredes de la habitación parecían ser las mismas pero no podía evitar pensar la posibilidade de que siguiera dormido y estuviera soñando sin haber despertado. Miré a través de la ventana y no vi nada, la neblina ocultaba eficazmente la silueta de los edificios de alrededor. Sólo se percibían siluetas diambulando por la calle, sin rumbo, como extraviadas. Permanecí acostado boca arriba viendo el techo, escuchando un sutil ruidillo que provenía de afuera. Di la vuelta sobre el desgastado colchón y descubrí cierta humedad entre las sábanas. Palpe las piernas con mis manos, estaban secas, calientes. Me levanté y fui al baño. Al poner el pie en el suelo sentí una extraño mareo como si perdiera el equilibrio. Me paré frente al escusado y comencé a orinar sin que pudiera detenerme. Pasaron algunos minutos y no continuaba parado frente a la tasa sin parar de orinar. Volví a despertar en la cama, otra vez con esa extraña sensación de que algo raro estaba ocurriendo. Me paré con cierto temor al tener esa vaga certeza de que algo raro sucedía o que quizá, seguía dormido o perdiendo la razón. Entré al baño y vi a través del pequeño espejo postrado sobre el lavamanos. Miré con cautela, mordiéndome los labios de nerviosismo. Me acerqué y vi mi reflejo descompuesto en líneas curvas, quebrantadas por una compleja gama cromática que se convulsionaba ante la sorpresa de mis ojos. Corrí. Al poner un pie fuera de la habitación, caí por un profundo hoyo que no tenía principio ni fin. Regresé a la cama, al infinito y cíclico punto de partida. Me quedé inmóvil esperando que algo ocurriera, pero nada. Asustado, intenté prender el televisor, como esperando que me hiciera compañía y me ayudara a sobreponerme de la terrible angustia que ahora me invadía. Después de varios intentos sin respuesta alguna por fin prendió. Vi el rostro de un niño que nada decía, solo miraba atento cada uno de mis movimientos. Las rodillas empezaron a temblarme. El niño no se parecía a mí, pero era yo, lo sabía, no se cómo, simplemente lo sabía. Cerré los ojos y baje de la cama, pero me di cuenta de que ahora estaba caminando horizontalemente en una de las paredes de la habitación. Cuando éstuve conciente, intenté sostenerme a una de la pared, con las manos, pero resbalé sin remedio alguno. Volví a despertar, pero esta vez veía a través de mi pie izquierdo y no con los ojos. Me marié y asusté tanto que intenté gritar desesperadamente buscando auxilio pero no podía encontrar mi boca. Fue entonces cuando morí y volví a despertar. Aparecí de nuevo en la habitación. Intenté mantenerme dormido pero no pude, el miedo acabó con la tranquilidad que proporciona el sueño. Abrí los ojos para darme cuenta de que había muchos otros igual a mi dentro de la habitación, unos caminando, otros sentados, otros cantando, otros inmóviles, viendo el techo. Empezó a dolerme la cabeza. ¿Acaso había perdido la razón? No lo sé. Desperté de nuevo. Vi por a mi alrededor con cautela,a través de la ventana y no pasó nada. Me levanté para ir al baño y no pasó nada. Salí a la habitación y seguía sin pasar absolutamente nada, solo eramos yo y la soledad de un cuarto vacío. Esperé a que pasara algo, pero fue inútil. Pasó el tiempo, no se si fueron días, meses, quizá años sin que pasara nada. No se que ocurra la siguiente vez que despierte, pero me es imposible seguir así. Me volví viejo, olvidé la facultad de hablar, todo era pensamiento y todo me conducía al mismo lugar, al vacío, la sinrazón. ¿Qué es la realidad? ¿Es esto real? Intenté despejar mi cabeza y recordar mi vida antes de llegar a ese punto del tiempo y el espacio en el que todo se había perdido en la nada. Intenté recrear mi realidad pero era inútil, ya no existía otra cosa que yo y mi cabeza. La realidad se dislocaba proporcionalmente a la velocidad del pensamiento. Espero poder encontrar el sueño y despertar una vez más.

domingo, septiembre 03, 2006

Perú 77

Caminé dos cuadras, hasta llegar a la esquina de la avenida central buscando un taxi hasta que por fin, abordé uno.
-Quién sabe de dónde venga toda esa gente- preguntó el taxista mientras atravesábamos algunas calles de la Lagunilla para dar vuelta a Chapultepec.
-Vienen de las luchas. Hubo función en la Coliseo- respondí.
El taxista ahogó un suspiro mientras miraba la desolada calle con el semáforo en rojo y el cielo gris, amenazante.
-De haber sabido que los luchadores tendrían tanto éxito no me hubiera retirado- confesó con un sutil aire de nostalgia.
-¿Y... qué pasó?- pregunte con sorpresa ante la revelación.
Hubo un silencio profundo, incómodo. Eché un vistazo por la ventana mientras atravesábamos Eje Central.
-El alcohol- dijo solemnemente mientras agitaba la mano con el pulgar y el meñique extendidos simulando una botella.
-Sí, suele pasar- pensé.
Me contó sobre su suegro, o mejor dicho su ex suegro, y el tío de la que fue su mujer. También eran luchadores.
Empezó a revivir en su cabeza aquellos combates en las arenas semiprofesionales del centro, recordar aquellos personajes con los que alguna vez se topó en el camino, por causalidad o accidente.
Me contó de Orfeo II, su sobrenombre, y de cómo naufragó en su intento por conseguir alguna lucha importante mientras duró el sueño. Confesó que no le gustaban los nombres de los luchadores actuales, pero qué diablos, ahora tienen que usar nombres rimbombantes para atraer al público y no caer en convensionalismos fáciles.
-Es un riesgo ser luchador... pero también lo es manejar un taxi.
-Debe serlo- contesté con la voz baja, cómplice de la nostalgia del chofer mientras pensaba que usar máscara y maravillar al público debería ser más interesante que pasar horas atrapado en algún embotellamiento, de esos tan comúnes en ciudades caóticas como ésta. O por lo menos, debería ser más divertido.
En eso llegamos a las afueras del metro Sevilla. Bajé del taxi y pagué la tarifa que aparecía en el parquímetro sin reclamar por la vuelta de más que dimos al pasar por alto la salida a Chapultepec mientras se deleitaba platicándome de sus anécdotas y diambulando en aquel onírico viaje por el pasado, por los encordados.
-Gracias- me despedí con un poco de prisa, lamentándome no poder oir el final de la historia.
-Gracias a ti- respondió.