lunes, septiembre 11, 2006

Despedida

Platicábamos seguido en un café. Cuando le dije que me gustaba, se sonrojó sin decir palabra alguna. Nos dimos el acostumbrado beso en la mejilla sin que nada más pasara. Esperaba alguna reacción buena, mala, qué se yo, pero no, no pasó absolutamente nada. Tomó sus libros sin prisa, intentando disfrazar solemnemente el embarazoso momento, argumentando su despedida con pretextos banales que no alcanzé a entender muy bien. Después de un rato, simplemente se desvaneció entre las estrechas calles del centro, impregnadas de un penetrante olor a nostalgia que recuerdo a la perfección. Permanecí sentado, desnudo y herido, con una extraña opresión en el pecho, producto de la vulnerabilidad ante el sufrimiento y la agonía que producen la soledad y los males de amores.
Nos encontramos por accidente un día cualquiera. Yo estaba revisando algunos libros en el cajón de ofertas sin que nada acaparara mi atención. La vi pasar por uno de los pasillos. Me acerqué con reserva para saludarla fingiendo sorpresa, haciéndome el desinteresado con la extraña intención de llamar su atención. Cuando pasé a través de la selección de poesía iberoamericana que descansaba alfabéticamente en los estantes por donde pasaba ella. Miré con detenimiento y vi que un sujeto la tomaba del brazo mientras la besaba furtivamente en algún rincón del local. Me hervía la sangre sin poder hacer nada. Anduve dando vueltas por la tienda si algún plan determinado, simplemente vagando mientras una avalancha de extraños pensamientos merodeaban mi cabeza. -No debí decirle que me gustaba- me decía a mi mismo mientras abría, volteaba y miraba algunas publicaciones de literatura contemporánea sin siquiera poner atención en lo que decían aquellas palabras que en ese momento me sonaban tan estériles, tan vacías.
Caminé sin remedio para recoger mis cosas en la entrada y marcharme. Nos topamos de imprevisto, viéndonos el uno al otro sin que nadie se atreviera a decir nada por temor al olvido o al rechazo. Finalmente rompimos el incómodo silencio. Platicamos durante un rato, de tonterías, cómo estás, cómo te ha ido, me da gusto, y cosas por el estilo que no van a ningún lado. Nos despedimos otra vez. El beso en la mejilla que extrañaba y que siempre me había dejado con ganas de más. Me froté las manos y di los primeros pasos hacia la calle. voltié y ahí estaba mirándome sin decir nada. El pecho me estallaba. Pensaba que esa era una extraña señal de las que acostumbran las mujeres para decir "no te vayas", pero recordé que nunca había sido buenos para interpretar esos complejos códigos femeninos y que quizá podía ser mi imaginación. De cualquier modo, di la vuelta. Me acerqué a ella y le dije que seguía enamorado de ella, que me disculpara (aunque no tenía de que disculparme), pero que así era. Empecé a hablar como idiota sin decir nada. Callé un momento y me miró fijamente. "Tu también me sigues gustando", me dijo con su dulce y suave voz. Me sentí aturdido, sin entender un carajo lo que acababa de suceder. Me pregunté porqué no lo había dicho cuando se lo pregunté la primera vez, porqué lo hacía ahora, momentos antes de besar a otro tipo. No entendí nada, pero el tiempo ya había pasado sin que alguno de los dos pudiéramos hacer algo. Habíamos cambiado, éramos otros, ella, yo, ambos. Pensé arrebatarle un beso, pero no me atreví, por miedo de perderla otra vez aunque estuviera conciente de que no habría nada más en el futuro. Acerqué mi cabeza a la suya y sus labios rozaron los míos sin que nada más pasara. Nos dimos cuenta de que sólo éramos un par de extraños sin nada que decirnos el uno al otro, y nos despedimos por última vez.

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