Tenía días tratando de conseguir la entrevista hasta que por fin accedió. Quedamos de vernos en su casa, ubicada a las espaldas del aeripuerto capitalino, a eso del medio día. Encontré a Gonzálo, fotógrafo del diario en el que trabajaba, bajando por las escaleras del metro. Cuando llegamos nos recibió una muchacha, quien nos condujo hasta una sala al interior de la casa. Mientras mirábamos algunas fotografías en la sala, apareció de la nada, caminando a través de la estrecha puerta que de inmediato acentuaba su gran estatura; apareció con la máscara puesta, camisa y pantalón casual, portando un par de tenis. Fue así que conocí a Tinieblas. "Todo una leyenda", pensé mientras estrechaba su corpulenta mano y tomábamos asiento. Los motivos de la entrevista no estaban del todo claros, ya que la intención primordial era sacar algunas fotografías para sacar un especial sobre luchadores veteranos, en el que figuraba como la pieza central de la nota al continuar en los encordados a la edad de 67 años. Y contando. Sin embargo, no quise dejar pasar la oportunidad de platicar con él y preguntarle algunos detalles sobre su vida y sobre cómo veía a las nuevas generaciones de luchadores.
Una vez que encendí la grabadora y tomamos nuestras posiciones, comenzamos las preguntas acostumbradas. Su ronca voz fluía de forma natural, el señor era un conversador nato o una guacamaya como él mismo refería. Mientras empezaba a relatarnos las ideas centrales de su proyecto de despedida, programada para dentro de uno o dos años, una vez que hubiera completado una extensa gira nacional e internacional en diversos cuadriláteros de todo el orbe, me entretenía buscando algún rasgo que me proporcionara algún indicio de su fisonomía. La malla negra que cubría su rostro impedía conocer el mínimo detalle de su faz, a diferencia de otros gladiadores que usan máscara y que es posible verles la boca o los ojos. No veía nada a través de ese oscuro vacío, de no ser por el pequeño volumen que producía su nariz. Entendí el porqué del nombre.
"Nunca pensé en ser luchador", confesaba la leyenda del pancracio mientras detallaba la forma en que la lucha entró en su vida de repente, por mera casualidad y sin forzar nada. Todo se fue dando poco a poco, hasta que se le metió el "gusanito" de saltar a la arena y ser ovacionado por el público, adquirir una doble identidad similar a la de los superhéroes de las tiras cómicas de la época de oro. Empezó como doble de cineo encarnando a algunos monstruos como Frankenstein en algunas películas del Santo, luego de que, también por azahres del destino, fue reclutado por una productora independiente para participar en algunos filmes, gracias a sus imponentes condiciones físicas que de inmediato llamaban la atención de los realizadores.
miércoles, noviembre 08, 2006
jueves, noviembre 02, 2006
Humberto Ramírez
Sonó el celular y contesté todavía medio dormido. "Murió Humberto Ramírez", fue la primer frase que escuche en el día. Deduje todo lo demás. Me levante de la cama despacio, sin hacer ruido para no despertarla. Me puse el pantalón y la camisa a medio abrochar, con los zapatos en la mano para ponermelos al salir.
-¿A dónde vas a esta hora?- me preguntó con la voz ronca y con cierto enfado. No era la primera vez que discutíamos por cosas como esta.
-Humberto está muerto. Debo ir- contesté mientras ella abría los ojos llenos de sorpresa y se levantaba ligeramente hasta recargar su espalda en la pared.
Regresé y me despedí con un beso. Estaba desnuda, apenas cubierta por algunas sábanas iluminadas por los primeros rayos solares que penetraban a través del ventanal.
Salí con prisa, ya casi era hora del entierro y aún tenía que pasar a mi casa por algunas cosas antes de arribar a la funeraria. Mientras el autobús caminaba lenta y torpemente por calles llenas de autos inmóviles, no pude evitar pensar en Humberto. No lo conocí muy bien, pero aún así, siempre había despertado en mí, cierta admiración, a pesar de su alcoholismo, sus excesos y sus estupideces. Todavía corría por el barrio aquella anécdota de cuando lo tuvieron que sacar de un congal minutos antes de que empezara la función. Estaba inconciente, ahogado ron, recostado sobre uno de los sillones que aún olían a sexo. Tuvieron que ponerle hielo en los testículos y darle una taza de café para revivirlo. Lo lanzaron al escenario sin que supiera que demonios pasaba. Y aún así, tocó como si todo hubiera sido parte del plan, como si fuera la última vez que pisaba un escenario con una guitarra bajo el brazo, la voz hecha pedazos, resquebrajándose en melancólicas melodías que inevitablemente penetraban hasta el interior de cada uno de los asistentes. Ahora estaba muerto.
Cuando llegué a la funeraria estaba irreconocible. Era otra persona en comparación a la última vez que lo vi. Ahí estaba, frío, rígido, callado, delimitado por la placa de cristal que se impedía el contacto físico con sus restos.
-Pocos como él- pensé mientras observaba las personas que desfilaban en silencio a través de los largos pasillos de la funeraria para darle una última despedida. No había mucha gente, sólo algunos familiares y amigos de antaño, cuando las interminables giras por centro y sudamérica eran épicas travesías, llenas de aventuras, amores y recuerdos que se acrecentaban en cada parada.
A un costado del féretro yacía una fotografía en blanco y negro junto a una veladora y algunos arreglos florales. Hubiera querido que lo enterraran con su guitarra, aquel viejo pedazo de madera con cuerdas que se había perdido en alguno de sus excesos.
Si había empezado a tocar la guitarra había sido por él. Aún recuerdo la primera vez que lo vi tocar de noche, a las afueras de un bar. Estaba sentado en el piso, con la luz de neón pegándole de lleno en la cara mientras ejecutaba con una maestría asombrosa lascivos acordes que llenaban el espacio y cortaban la carne como si se tratara de un carnívoro cuchillo o algún poema de Hernández. Tocaba movido por la inercia, tocaba para mitigar el dolor acumulado por tantos años que terminó por matarlo una noche gris de otoño. Apenas podía sostenerse. Era como si se aferrara únicamente a su guitarra. No tenía nada más a que aferrarse.
Quien lo conoció bien, cuenta que incluso ahora era mejor músico que antes, a pesar de estar medio loco y medio enfermo. Era como si su alma se hubiera despojado de todo peso y quedara ahí, expuest, desnuda y sensible a todo. La fluidez de sus dedos deleitaba a los transehuntes que se detenían en ese vaivén hipnótico y provocativo que deleitaba el alma, cantando tristezas con al voz aguardientosa, áspera y titubeante.
Lo había tenido todo y lo perdió todo. Asi nada más. Cuando supo que su esposa esperaba un hijo de otro fue el final. Era el pretexto idóneo para materializar un plan absurdo y autodestructivo que tenía en mente desde hacía años. Se bebió todo lo que tenía, incluída la dignidad. Intentó morirse varias veces pero no lo consiguió. No tenía la sangre tan fría como para atreverse a hacerlo.
Ahí estaba yo, recordando la vida de aquel hombre a quien apenas conocía y que había significado tanto para mí. Tomé mis cosas y me marche a una de las cantinas que frecuentaba para que alguien pudiera contarme su historia mientras curaba mi ansiedad con un vacío vaso de rony seis cuerdas que lloraran su muerte.
-¿A dónde vas a esta hora?- me preguntó con la voz ronca y con cierto enfado. No era la primera vez que discutíamos por cosas como esta.
-Humberto está muerto. Debo ir- contesté mientras ella abría los ojos llenos de sorpresa y se levantaba ligeramente hasta recargar su espalda en la pared.
Regresé y me despedí con un beso. Estaba desnuda, apenas cubierta por algunas sábanas iluminadas por los primeros rayos solares que penetraban a través del ventanal.
Salí con prisa, ya casi era hora del entierro y aún tenía que pasar a mi casa por algunas cosas antes de arribar a la funeraria. Mientras el autobús caminaba lenta y torpemente por calles llenas de autos inmóviles, no pude evitar pensar en Humberto. No lo conocí muy bien, pero aún así, siempre había despertado en mí, cierta admiración, a pesar de su alcoholismo, sus excesos y sus estupideces. Todavía corría por el barrio aquella anécdota de cuando lo tuvieron que sacar de un congal minutos antes de que empezara la función. Estaba inconciente, ahogado ron, recostado sobre uno de los sillones que aún olían a sexo. Tuvieron que ponerle hielo en los testículos y darle una taza de café para revivirlo. Lo lanzaron al escenario sin que supiera que demonios pasaba. Y aún así, tocó como si todo hubiera sido parte del plan, como si fuera la última vez que pisaba un escenario con una guitarra bajo el brazo, la voz hecha pedazos, resquebrajándose en melancólicas melodías que inevitablemente penetraban hasta el interior de cada uno de los asistentes. Ahora estaba muerto.
Cuando llegué a la funeraria estaba irreconocible. Era otra persona en comparación a la última vez que lo vi. Ahí estaba, frío, rígido, callado, delimitado por la placa de cristal que se impedía el contacto físico con sus restos.
-Pocos como él- pensé mientras observaba las personas que desfilaban en silencio a través de los largos pasillos de la funeraria para darle una última despedida. No había mucha gente, sólo algunos familiares y amigos de antaño, cuando las interminables giras por centro y sudamérica eran épicas travesías, llenas de aventuras, amores y recuerdos que se acrecentaban en cada parada.
A un costado del féretro yacía una fotografía en blanco y negro junto a una veladora y algunos arreglos florales. Hubiera querido que lo enterraran con su guitarra, aquel viejo pedazo de madera con cuerdas que se había perdido en alguno de sus excesos.
Si había empezado a tocar la guitarra había sido por él. Aún recuerdo la primera vez que lo vi tocar de noche, a las afueras de un bar. Estaba sentado en el piso, con la luz de neón pegándole de lleno en la cara mientras ejecutaba con una maestría asombrosa lascivos acordes que llenaban el espacio y cortaban la carne como si se tratara de un carnívoro cuchillo o algún poema de Hernández. Tocaba movido por la inercia, tocaba para mitigar el dolor acumulado por tantos años que terminó por matarlo una noche gris de otoño. Apenas podía sostenerse. Era como si se aferrara únicamente a su guitarra. No tenía nada más a que aferrarse.
Quien lo conoció bien, cuenta que incluso ahora era mejor músico que antes, a pesar de estar medio loco y medio enfermo. Era como si su alma se hubiera despojado de todo peso y quedara ahí, expuest, desnuda y sensible a todo. La fluidez de sus dedos deleitaba a los transehuntes que se detenían en ese vaivén hipnótico y provocativo que deleitaba el alma, cantando tristezas con al voz aguardientosa, áspera y titubeante.
Lo había tenido todo y lo perdió todo. Asi nada más. Cuando supo que su esposa esperaba un hijo de otro fue el final. Era el pretexto idóneo para materializar un plan absurdo y autodestructivo que tenía en mente desde hacía años. Se bebió todo lo que tenía, incluída la dignidad. Intentó morirse varias veces pero no lo consiguió. No tenía la sangre tan fría como para atreverse a hacerlo.
Ahí estaba yo, recordando la vida de aquel hombre a quien apenas conocía y que había significado tanto para mí. Tomé mis cosas y me marche a una de las cantinas que frecuentaba para que alguien pudiera contarme su historia mientras curaba mi ansiedad con un vacío vaso de rony seis cuerdas que lloraran su muerte.
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