viernes, octubre 20, 2006

Tepozteco

Desperté a las doce y pensé que ya era demasiado tarde para emprender el viaje. De pronto, las imagenes de mi mismo frente a la computadora y viendo la tele me llenaron de tedio e hicieron que de un salto me levantara de la cama, acomodara la colcha, echara algunas cosas a la maleta y saliera de casa. Mientras atravesaba la ciudad montado en el autobus, empezó la incertidumbre. No sabía exactamente a dónde iba, solo sabía que desde hacía un rato tenía la idea de visitar Tepoztlan y nunca había podido.
Llegué a la central camionera y compré un boleto. Una vez arriba del autobus, pretendía dormir un rato mientras nos dirigíamos a la carretera. Sin embargo, la película que pasaron en el autobús me mantuvo despierto todo el camino. Contaba la historia de dos alpinistas, basada en un hecho real, que milagrosamente sobrevivieron tras una fallida expedición a una de las cumbres andinas del Perú. El final del relato quedó pendiente porque tuve que tomar mis cosas y bajar en la terminal de Tepoztlán, para después, tomar un taxi que me llavara al centro de la aldea. Las primeras imagenes de aquel poblado custodiado por el imponente cerro del Tepozteco fueron sorprendentes. Parecía como si el tiempo hubiera quedado suspendido en aquel lugar, o quizá simplemente, el tiempo se había olvidado transitar por ahí desde hace quinientos años. Era una perfecta postal colonial que podría confundirse con la iliustración de algún libro de historia de no ser por algunos anuncios de Coca Cola y el paso de algunos coches a través de las empedradas calles. Las dos torres de la catedral despuntaban en el cielo seminublado mientras los mercaderes levantaban sus puestos, bañados por la cálida luz dorada del atardecer que se extendía por la plaza principal...

miércoles, octubre 18, 2006

SANTA MUERTE

Se encomienda a fuerzas del más allá

MANUEL HERNÁNDEZ
Con el riesgo que implica un deporte como la lucha libre, hombres de gran espiritualidad como Místico saben que nunca está de más una ayuda extra para salir sin heridas durante cada batalla, sobretodo, si la ayuda proviene de fuerzas sobrenaturales.
Luego de que RÉCORD publicara un pequeño adelanto de lo que será el comic del ‘Príncipe de Plata y Oro’, en donde aparece el gladiador en una de las viñetas encomendándose a la Vírgen de Guadalupe y a la Santa Muerte a la hora de ejecutar uno de sus acostumbrados y espectaculares lances desde la tercera cuerda, Místico reconoció ser un fiel creyente de ambas deidades.
“Soy creyente de la Santa Virgen y la Santa Muerte también”, comentó el enmascarado en entrevista vía telefónica cuando se le preguntó si en verdad profesaba dichas creencias o sólo era parte del guión de la historieta, la cual contiene algunos pasajes autobiográficos.
Asimismo, Místico negó la posibilidad de que la creencia en una deidad no reconocida por la iglesia católica pudiera afectar su imagen, debido a que se formó bajo la tutela de Fray Tormenta, quien durante algún tiempo tuvo que intercalar la lucha libre con su carrera como sacerdote católico para poder costear los costos de la casa hogar que dirigía.
“No creo, no tiene nada que ver una cosa con la otra”, contestó de manera seria el máximo ídolo de la lucha libre nacional, quien agregó no estar al tanto de los contenidos del material editorial, además de los planes de comercialización que rodean el nombre de Místico.
“No se que vaya a pasar con todo eso, hablé con los encargados hace tiempo, pero no me han dicho cuando sale ni nada. Más adelante sale la marca como tal, pero no sé hasta cuando”, apuntó.
Por su parte, Fray Tormenta expresó que respeta la diferencia en cuanto a credos con su protegido, aunque no tiene la misma opinión en cuanto a la creencia de la Santa Muerte.
“Yo respeto lo que Místico crea, pero no lo comparto. No estoy de acuerdo en darle culto a la Santa Muerte. ¿Todavía porque me va a llevar le voy a rendir culto? Para nada, yo le rindo culto a Dios, pero a la muerte no”, dijo Fray Tormenta, quien negó sentirse molesto por la diferencia ideológica con Místico.
“A mi me da igual, no es un pecado mortal ni mucho menos. El venerar o no venerar a la muerte es algo personal que no hay por qué escandalizarse, yo me escandalizaría si le rindiera culto al diablo, entonces sí. No es para pegar el grito al cielo”, finalizó.



Aún le falta
Fray Tormenta manifestó sentirse orgulloso de lo que su discípulo ha conseguido en tan poco tiempo dentro de la lucha libre nacional, aunque negó que actualmente, Místico pueda compararse con lo que hizo El Santo, ya que algunos conocedores empiezan a comparar el fenómeno del ‘Príncipe de Plata y Oro’ con lo que en su tiempo fue el ‘Enmascarado de Plata’.
“Yo siempre he dicho que tiene ese don de Dios para subir como la espuma, pero la gente es la que lo ha puesto ahí, pero como El Santo no, mis respetos para él, porque una leyenda se hace con el tiempo”, explicó Fray Tormenta, quien agregó que a pesar de estar aún lejos, Místico podría escalar hasta la cima de la lucha libre si mantiene los pies en la tierra.
“Si conserva la humildad y la sencillez, Místico podría llegar ahí”, dijo.
MANUEL HERNÁNDEZ




El Brujo Mayor explica la muerte

MANUEL HERNÁNDEZ
A pesar de que el culto a la muerte en México proviene desde los tiempos anteriores a la conquista, su significado ha sido distorsionado por algunos sectores sociales que la han satanizado, según explicó el profesor Antonio Vázquez Alba, mejor conocido como el Brujo Mayor.
“Es una creencia ancestral precolombina. Se adoraba a través de la señora del Mictlán, que vivía en el inframundo y era representada por una calavera. En aquel tiempo no era un culto demoníaco o terrorífica como hoy se trata de hacer. Al nacer, había que adorarla porque era quien nos cuidaba, quien otorgaba la vida hasta el último día y se le pedía que cuando llegara el momento, fuera un proceso tranquilo y sin dolor”, explicó el especialista, quien actualmente dirige una exposición dedicada a la Santa Muerte en el Museo Umbral, ubicado en la colonia Santa María la Ribera.
“Originalmente, el culto a la Santa Muerte no tiene nada que ver con ocultismo o creencias demoniacas, pero la iglesia católica se ha dedicado a desacreditarla, se le ha relacionado con el pecado con todo lo malo. Esta creencia es un culto totalmente libre, no pertenece a ninguna iglesia o algún orden sacerdotal”, comentó Don Antonio, a quien le fue conferido el título de Brujo Mayor durante una ceremonia tras la muerte de su antecesor.
Además, explicó que la muerte la gente suele relacionar la muerte con algo negativo, lo cual no es así, ya que es algo inevitable dentro de la existencia humana con lo que debemos aprender a convivir.
“A la Santa Muerte le gustan muchísimo las flores, el incienso, el vino y la música, es una Santa muy feliz, le gusta la fiesta. El drama está en que representa a la muerte y a todos los humanos nos causa un poco de miedo, pero es raro, porque es un fenómeno que nadie va a poder evadir. Se piensa que es algo malo porque es un esqueleto, pero así es la muerte que todos llevamos dentro. Casi todas las religiones nos han enseñado que la muerte es un drama y no es así”, finalizó.

miércoles, octubre 04, 2006

Aún muy lejos

-¡Miren cabrones, ahí está el otro lado!- exclamó el chofer de la camioneta mientras veíamos como una extensa, fría e interminable línea de lámina roja delimitaba simétricamente dos mundos opuestos, contrastantes, ajenos.
-Tan cerca y a la vez tan lejos- me decía a mi mismo mientras contemplaba los rostros de los compañeros, llenos de asombro y cansancio, con cierto aire de tristeza, luego del largo viaje que al parecer, llegaría pronto a su fin.
El ambiente en la parte posterior de la camioneta había cambiado rápidamente. Por fin habíamos llegado a la frontera, el trato con el pollero estaba arreglado y saldríamos por la mañana, o al menos eso era lo que nos había dicho en un principio.
-Ya no hay marcha atrás- pensaba mientras intentaba controlar las manos trémulas de miedo y el frío viento nos cortaba la cara al caer la noche. Estábamos ahí, desprotegidos y vulnerables en ese lejano punto perdido del mapa, en donde no había nada más que tierra y un muro de lámina.
-Tengo miedo- comentó Jorge, mi cuñado, quien apenas alcanzaba los veinte.
-Lo sé- respondí sin saber qué contestar. Después de todo, él fue el que quiso venir hasta aca. Hubiera preferido que se quedara con la Maria y la chiquita, pero lamentablemente ésta es la única forma de no morirnos de hambre. Si las cosas salen como nos contó el Pepe, y nos dan trabajo en la pizca de cebolla, o en cualquier otro lugar, quizá hasta podamos hacernos de una camioneta en un par de añitos.
Sólo podíamos soñar y alentarnos a nosotros mismos. Empezábamos a sentirnos solos, tan alejados de todo y de todos. Nos invadió una amarga nostalgia a pesar de que todavía no iniciábamos la partida. Sólo hasta ese momento comprendimos el riesgo que implicaba cruzar hacia los Estados Unidos, podían pasar muchas cosas en el camino, la gente muere todos los días en lugares comoe stos sin que nadie se entere. Podría ser el hambre, la sed, el cansancio o la migra en el mejor de los casos.
Algunas lágrimas brotaron de los ojos de la demás gente que se encontraba impaciente, nerviosa y con las piernas entumidas tras el largo y cansado trayecto de más de dos horas.
Por fin llegamos a una pequeña casa, ubicada en las afueras de Tijuana. Ahí descansaríamos durante algún tiempo, hasta que el pollero decidiera que era hora de partir. Así esuvimos un par de días, comiendo algunos sandwiches y tomando refrescos mientras pensábamos en nuestras familias. Éramos cerca de quince personas, entre las cuales había tres mujeres. Sin embargo nadie hablaba mucho, a pesar de que algunos como un tal Ramón, no dejaban de hablar. Había personas de todo el país, personas que dejaron todo con tal de cumplir con la meta, llegar allá en buenas condiciones y materializar el famosos sueño americano.
Permanecimos ahí, esperando ansiosos, intentando dormir en el suelo con algunas cobijas y chamarras que mitigaban el lascivo frío del norte.
-Es hora, nos vamos en la madrugada, por eso de las tres- comentó el pollero un par de días después de nuestra llegada.
Partimos en la noche. Estábamos cansados y mal dormidos, pero ni modo, teníamos que acoplarnos a las circunstancias. Pensé una vez más en la María y Lupita, la chiquita. Pensé en todos los días que había esperado este día y el miedo que sentía ahora que se hacía realidad.
Viajamos en camioneta hasta entrar a un camino de terracería, pero al llegar a un pronunciado cerro lleno de huizaches, tuvimos que seguir a pie.
El pollero nos había dado algunas instrucciones antes de iniciar la aventura. Nos dijo que a unos diez kilómetros estaría otra camioneta esperándonos.
Miré a Jorge, quien ahora estaba ahí, en medio del desierto, jugándose la vida y convirtiéndose en hombre.
-¿Listo Jorge?- pregunté mientras el muchacho asentía con loa cabeza.
Iniciamos la caminata con problemas. La cerrada noche nos impedía ver el camino por donde pisábamos. Teníamos que caminar a ciegas y en silencio, mientras el pollero revisaba la ruta buscando algunas luces que indicaran la presencia de la Border Patrol. Seguimos la travesía hasta el amanecer. Me parecía que habíamos caminado casi los diez kilómetros después de un par de horas, pero el miedo empezó a hacer que el corazón se agitara violentamente, como si quisiera escapar del pecho, cuando después de un largo trecho andado, el pollero comentó que aún no íbamos ni a la mitad.
El sol empezaba a caer con fuerza. Llevábamos algunas botellas de agua que poco a poco se fueron terminando mientras la boca se secaba con mayor rapidez. Una de las mujeres que iba con nosotros se quedó atrás. Algunos pidieron al pollero que esperara a la mujer pero no quiso, ya que según él esperarla significaría poner en riesgo la vida de los demás, mientras algunos otros se quedaban con ella intentando que la señora recobrara las fuerzas. Nunca volvimos a saber de ellos.
Al medio día, con casi nueve horas de camino, los zapatos empezaban a lastimar las plantas de los pies, producto de las ampollas. El sofocante calor empezaba a hacer estragos hasta que finalmente terminè por irme de frente contra el suelo debido a una ligera insolación. Jorge me levantó y me dio lo poco que aun le sobraba de agua. Sabíamos que detenernos, significarìa una muerte segura, ya que estábamos perdidos y en medio del desierto.
-Shhhhht... cállense, creo que oí algo- comentó el pollero, quien detuvo la marcha intempestivamente mientras revisaba el terreno.
Permanecimos inmóviles, quietos y atentos hasta que pasó la falsa alarma. Continuamos la larga caminata hasta que entrada la tarde, se alcanzaban a observar algunos edificios a lo lejos.
-Mira Francisco, Estados Unidos- sonrió mi cuñado al tiempo que me detuve para respirar un poco y descansar las piernas.
-Sí, por fin- contesté nada más para hacerlo sentir un poco mejor.
Nos escondimos atrás de unos huizaches llenos de espinas en donde el pollero nos prometió que volvería con la camioneta.
-No mames cabrón, tu nos prometiste que caminaríamos diez kilómetros y llevamos más de medio día y además de todo ¿piensas dejarnos aquí esperando mientras te largas por la camioneta?- repuso un sujeto robusto y moreno mientras manoteaba violentamente en contra del pollero.
Sin embargo, un disparo selló la conversación. Con la garganta seca, quedámos inmóviles, sorprendidos y aterrados. Era la migra. Cada uno saliò corriendo a toda velocidad a través del acidentado camino, mientras los patrulleros daban órdenes que nadie entendía por el altavoz.
Me arrojé contra algunos arbustos y piedras para esconderme hasta que pasara el peligro. Empecé a llorar cuando me percaté de que habia perdido al Jorge en la corretiza. Sonó otro disparo, acompañado de un violento grito de dolor. Miré a través de las ramas y alcanzé a observar un cuerpo inerte que rodaba cuesta abajo por la ladera hasta que finalmente quedó en el suelo, inerte, con un aire terriblemente fúnebre, triste, desolador, mientras un estrecho río carmesí recorría la pierna del sujet hasta desembocar en un pequeño charco de sangre. Me dieron ganas de gritar, de salir de ahí, de hacer algo pero el temor me lo impidió. Permanecí quieto varias horas después de que se marcharon los patrulleros. Solo me quedó un amargo y profundo sentimiento de soledad mientras permanecìa en medio de la nada, ahogado en remordimientos y culpas por no haber salido a buscar a Jorge.
Me duelen las piernas, pero no tengo remedio. Estoy sediento y exhausto, pero la noche se avecina y no tengo conozco el camino. Desde aquí, las barras y las estrellas aún se ven muy lejos.