Desperté a las doce y pensé que ya era demasiado tarde para emprender el viaje. De pronto, las imagenes de mi mismo frente a la computadora y viendo la tele me llenaron de tedio e hicieron que de un salto me levantara de la cama, acomodara la colcha, echara algunas cosas a la maleta y saliera de casa. Mientras atravesaba la ciudad montado en el autobus, empezó la incertidumbre. No sabía exactamente a dónde iba, solo sabía que desde hacía un rato tenía la idea de visitar Tepoztlan y nunca había podido.
Llegué a la central camionera y compré un boleto. Una vez arriba del autobus, pretendía dormir un rato mientras nos dirigíamos a la carretera. Sin embargo, la película que pasaron en el autobús me mantuvo despierto todo el camino. Contaba la historia de dos alpinistas, basada en un hecho real, que milagrosamente sobrevivieron tras una fallida expedición a una de las cumbres andinas del Perú. El final del relato quedó pendiente porque tuve que tomar mis cosas y bajar en la terminal de Tepoztlán, para después, tomar un taxi que me llavara al centro de la aldea. Las primeras imagenes de aquel poblado custodiado por el imponente cerro del Tepozteco fueron sorprendentes. Parecía como si el tiempo hubiera quedado suspendido en aquel lugar, o quizá simplemente, el tiempo se había olvidado transitar por ahí desde hace quinientos años. Era una perfecta postal colonial que podría confundirse con la iliustración de algún libro de historia de no ser por algunos anuncios de Coca Cola y el paso de algunos coches a través de las empedradas calles. Las dos torres de la catedral despuntaban en el cielo seminublado mientras los mercaderes levantaban sus puestos, bañados por la cálida luz dorada del atardecer que se extendía por la plaza principal...
viernes, octubre 20, 2006
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