miércoles, octubre 04, 2006

Aún muy lejos

-¡Miren cabrones, ahí está el otro lado!- exclamó el chofer de la camioneta mientras veíamos como una extensa, fría e interminable línea de lámina roja delimitaba simétricamente dos mundos opuestos, contrastantes, ajenos.
-Tan cerca y a la vez tan lejos- me decía a mi mismo mientras contemplaba los rostros de los compañeros, llenos de asombro y cansancio, con cierto aire de tristeza, luego del largo viaje que al parecer, llegaría pronto a su fin.
El ambiente en la parte posterior de la camioneta había cambiado rápidamente. Por fin habíamos llegado a la frontera, el trato con el pollero estaba arreglado y saldríamos por la mañana, o al menos eso era lo que nos había dicho en un principio.
-Ya no hay marcha atrás- pensaba mientras intentaba controlar las manos trémulas de miedo y el frío viento nos cortaba la cara al caer la noche. Estábamos ahí, desprotegidos y vulnerables en ese lejano punto perdido del mapa, en donde no había nada más que tierra y un muro de lámina.
-Tengo miedo- comentó Jorge, mi cuñado, quien apenas alcanzaba los veinte.
-Lo sé- respondí sin saber qué contestar. Después de todo, él fue el que quiso venir hasta aca. Hubiera preferido que se quedara con la Maria y la chiquita, pero lamentablemente ésta es la única forma de no morirnos de hambre. Si las cosas salen como nos contó el Pepe, y nos dan trabajo en la pizca de cebolla, o en cualquier otro lugar, quizá hasta podamos hacernos de una camioneta en un par de añitos.
Sólo podíamos soñar y alentarnos a nosotros mismos. Empezábamos a sentirnos solos, tan alejados de todo y de todos. Nos invadió una amarga nostalgia a pesar de que todavía no iniciábamos la partida. Sólo hasta ese momento comprendimos el riesgo que implicaba cruzar hacia los Estados Unidos, podían pasar muchas cosas en el camino, la gente muere todos los días en lugares comoe stos sin que nadie se entere. Podría ser el hambre, la sed, el cansancio o la migra en el mejor de los casos.
Algunas lágrimas brotaron de los ojos de la demás gente que se encontraba impaciente, nerviosa y con las piernas entumidas tras el largo y cansado trayecto de más de dos horas.
Por fin llegamos a una pequeña casa, ubicada en las afueras de Tijuana. Ahí descansaríamos durante algún tiempo, hasta que el pollero decidiera que era hora de partir. Así esuvimos un par de días, comiendo algunos sandwiches y tomando refrescos mientras pensábamos en nuestras familias. Éramos cerca de quince personas, entre las cuales había tres mujeres. Sin embargo nadie hablaba mucho, a pesar de que algunos como un tal Ramón, no dejaban de hablar. Había personas de todo el país, personas que dejaron todo con tal de cumplir con la meta, llegar allá en buenas condiciones y materializar el famosos sueño americano.
Permanecimos ahí, esperando ansiosos, intentando dormir en el suelo con algunas cobijas y chamarras que mitigaban el lascivo frío del norte.
-Es hora, nos vamos en la madrugada, por eso de las tres- comentó el pollero un par de días después de nuestra llegada.
Partimos en la noche. Estábamos cansados y mal dormidos, pero ni modo, teníamos que acoplarnos a las circunstancias. Pensé una vez más en la María y Lupita, la chiquita. Pensé en todos los días que había esperado este día y el miedo que sentía ahora que se hacía realidad.
Viajamos en camioneta hasta entrar a un camino de terracería, pero al llegar a un pronunciado cerro lleno de huizaches, tuvimos que seguir a pie.
El pollero nos había dado algunas instrucciones antes de iniciar la aventura. Nos dijo que a unos diez kilómetros estaría otra camioneta esperándonos.
Miré a Jorge, quien ahora estaba ahí, en medio del desierto, jugándose la vida y convirtiéndose en hombre.
-¿Listo Jorge?- pregunté mientras el muchacho asentía con loa cabeza.
Iniciamos la caminata con problemas. La cerrada noche nos impedía ver el camino por donde pisábamos. Teníamos que caminar a ciegas y en silencio, mientras el pollero revisaba la ruta buscando algunas luces que indicaran la presencia de la Border Patrol. Seguimos la travesía hasta el amanecer. Me parecía que habíamos caminado casi los diez kilómetros después de un par de horas, pero el miedo empezó a hacer que el corazón se agitara violentamente, como si quisiera escapar del pecho, cuando después de un largo trecho andado, el pollero comentó que aún no íbamos ni a la mitad.
El sol empezaba a caer con fuerza. Llevábamos algunas botellas de agua que poco a poco se fueron terminando mientras la boca se secaba con mayor rapidez. Una de las mujeres que iba con nosotros se quedó atrás. Algunos pidieron al pollero que esperara a la mujer pero no quiso, ya que según él esperarla significaría poner en riesgo la vida de los demás, mientras algunos otros se quedaban con ella intentando que la señora recobrara las fuerzas. Nunca volvimos a saber de ellos.
Al medio día, con casi nueve horas de camino, los zapatos empezaban a lastimar las plantas de los pies, producto de las ampollas. El sofocante calor empezaba a hacer estragos hasta que finalmente terminè por irme de frente contra el suelo debido a una ligera insolación. Jorge me levantó y me dio lo poco que aun le sobraba de agua. Sabíamos que detenernos, significarìa una muerte segura, ya que estábamos perdidos y en medio del desierto.
-Shhhhht... cállense, creo que oí algo- comentó el pollero, quien detuvo la marcha intempestivamente mientras revisaba el terreno.
Permanecimos inmóviles, quietos y atentos hasta que pasó la falsa alarma. Continuamos la larga caminata hasta que entrada la tarde, se alcanzaban a observar algunos edificios a lo lejos.
-Mira Francisco, Estados Unidos- sonrió mi cuñado al tiempo que me detuve para respirar un poco y descansar las piernas.
-Sí, por fin- contesté nada más para hacerlo sentir un poco mejor.
Nos escondimos atrás de unos huizaches llenos de espinas en donde el pollero nos prometió que volvería con la camioneta.
-No mames cabrón, tu nos prometiste que caminaríamos diez kilómetros y llevamos más de medio día y además de todo ¿piensas dejarnos aquí esperando mientras te largas por la camioneta?- repuso un sujeto robusto y moreno mientras manoteaba violentamente en contra del pollero.
Sin embargo, un disparo selló la conversación. Con la garganta seca, quedámos inmóviles, sorprendidos y aterrados. Era la migra. Cada uno saliò corriendo a toda velocidad a través del acidentado camino, mientras los patrulleros daban órdenes que nadie entendía por el altavoz.
Me arrojé contra algunos arbustos y piedras para esconderme hasta que pasara el peligro. Empecé a llorar cuando me percaté de que habia perdido al Jorge en la corretiza. Sonó otro disparo, acompañado de un violento grito de dolor. Miré a través de las ramas y alcanzé a observar un cuerpo inerte que rodaba cuesta abajo por la ladera hasta que finalmente quedó en el suelo, inerte, con un aire terriblemente fúnebre, triste, desolador, mientras un estrecho río carmesí recorría la pierna del sujet hasta desembocar en un pequeño charco de sangre. Me dieron ganas de gritar, de salir de ahí, de hacer algo pero el temor me lo impidió. Permanecí quieto varias horas después de que se marcharon los patrulleros. Solo me quedó un amargo y profundo sentimiento de soledad mientras permanecìa en medio de la nada, ahogado en remordimientos y culpas por no haber salido a buscar a Jorge.
Me duelen las piernas, pero no tengo remedio. Estoy sediento y exhausto, pero la noche se avecina y no tengo conozco el camino. Desde aquí, las barras y las estrellas aún se ven muy lejos.

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